En Obarrio, Umi sigue siendo ese rincón donde el mar japonés y el mar panameño parecen entenderse en silencio.
Plaza 54, avenida Samuel Lewis. Uno empuja la puerta y el ruido de la ciudad se queda afuera. Dentro, madera, luz cálida y un techo negro salpicado de mariposas de origami blancas. La barra larga, casi un escenario, es el corazón del lugar. Aquí no hay prisa. Aquí se come y se bebe como se debe en un izakaya de verdad: poco a poco, con curiosidad y sin agenda.
Umi nació del deseo compartido de Kamel Abi Hassan y Abraham Abbo. Empezó como un espacio privado entre socios, un bar donde ellos mismos querían sentarse, y con el tiempo se convirtió en uno de los izakayas más cuidados de Ciudad de Panamá.

Kamel aporta la mirada precisa sobre el producto; Abraham, la hospitalidad y la paciencia de quien construye un lugar para volver. Juntos han logrado algo poco común: ambición sin estridencia, belleza sin pretensión y una elegancia que se siente natural. En 2025, el reconocimiento llegó con el puesto 72 de Latin America’s 50 Best Restaurants, una confirmación de que este pequeño rincón de Obarrio ya forma parte del mapa gastronómico de la región.
La cocina japonesa de Umi
La carta de Umi es breve y limpia. Nigiris, hand rolls y sashimi por unidad. El pescado, mucho de él panameño, llega casi desnudo, solo con el respeto que merece.
Los hand rolls son uno de los rituales más dulces del lugar: spicy tuna, spicy salmon, hamachi, unagui. Se piden de a uno y se comen de un solo bocado, mientras el alga todavía cruje.

Los nigiris de oraking salmon, akami, hotate o chu-toro, cuando hay, llegan íntegros a las manos de Kamel, incluso para un ronqueo ocasional. El seabass tempura mantiene una textura precisa; el kurobuta se deshace con un glaseado que no oculta el sabor; y los dumplings de langostino llegan generosos, jugosos y directos.

La sunomono limpia el paladar como un pequeño respiro. Al mediodía, los bento boxes ofrecen una versión más pausada del mismo cuidado, con opciones como pork belly o curry de hongos acompañados de arroz japonés, sunomono y sopa miso.
Los postres
El cierre llega con la misma delicadeza. La tarta de queso de sésamo, a veces presentada como tarta vasca, es ligera, casi aérea, lejos de las versiones densas a las que uno suele estar acostumbrado.
El sésamo le da un matiz tostado y profundo, y encima aparece un caramelo sutilmente perfumado con café Geisha. El resultado es elegante, sereno y difícil de olvidar. Algunos días también aparece un flan o un mochi de chocolate, pero es la tarta de sésamo la que se queda en la memoria.
La barra y la coctelería japonesa
Pero Umi no es solo cocina. Es, ante todo, un bar.
Detrás de la barra, la coctelería de inspiración japonesa se siente pensada para acompañar, no para competir. Los cócteles de autor llevan nombres que suenan a filosofía: Ikigai, con whisky japonés, piña, ciruela japonesa y un toque de Aperol; además de Seijaku, Kintsugi, Henko y Enso.

Hay un Matcha Pisco Sour que sorprende por su equilibrio, un twist de mezcal con remolacha que queda grabado y clásicos revisados con limpieza. El sake también está presente, en distintos estilos, y se siente natural pedirlo junto a los crudos. Todo aparece en una carta ilustrada que hace un fantástico homenaje visual a Yayoi Kusama.

Los vinos naturales
Los vinos merecen mención aparte. La carta no es extensa ni pretenciosa. Se concentra en la Funky Zone: vinos naturales, sin sulfitos añadidos, algunos sin filtrar, espumosos livianos y blancos que acompañan el pescado en lugar de aplastarlo.
No hay tintos pesados ni excesos innecesarios. La idea es clara: vinos que respeten la delicadeza de un nigiri o un sashimi. Y funciona.
El servicio y el lugar
El servicio es de los más atentos de Ciudad de Panamá: cercano, sin solemnidad, como si te recibieran en casa de amigos que cocinan muy bien. El local es pequeño, y esa intimidad es parte de su magia.

Conviene reservar con tiempo, especialmente si se busca un asiento en el counter. Allí se ve el corte del cuchillo, el montaje del hand roll, el gesto preciso del bartender y esa coreografía silenciosa que explica mejor que cualquier discurso por qué Umi funciona.
Umi no pretende ser el restaurante más grande ni el más ruidoso de Panamá. Solo quiere ser el más preciso en lo que hace. Y lo logra con una elegancia callada.
Una noche aquí no es solo una cena: es una conversación breve y hermosa entre Japón y el istmo, servida en bocados pequeños y tragos bien pensados, bajo un cielo de mariposas de papel. El resultado de dos socios que decidieron construir, con paciencia y cariño, el tipo de lugar al que uno siempre quiere regresar.

