Sabores, copas y lugares que merecen ser vividos

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El Chato, en Bogotá: el mejor restaurante del Latam 50 Best donde Álvaro Clavijo cuenta la historia de Colombia

Por:

  • Periodista. Diplomada en Enoturismo y Enogastronomía.
    Editora de FoodieCL, donde descubre y comparte historias sobre gastronomía, vinos, destinos y experiencias de Chile y Latinoamérica.

    Editora FoodieCL.COM : Autor

«Hay restaurantes donde uno recuerda un plato. En El Chato uno termina recordando a la persona.»

Bogotá llueve. Afuera, un vendedor ambulante ofrece su mercancía a viva voz mientras los autos avanzan lentamente por la calle. Adentro, la cocina funciona como una coreografía perfectamente sincronizada. Una veintena de cocineros jóvenes entra y sale del pase, están concentrados pero trabajan con la velocidad de quien conoce exactamente cuál es su lugar.

Entonces aparece Álvaro Clavijo.

No entra como el chef del mejor restaurante de Latinoamérica. No necesita hacerlo.

Camina entre las mesas con la misma naturalidad con la que cualquiera recibiría invitados en su casa. Saluda, sonríe, pregunta si todo está bien con una palmadita cariñosa en la espalda. Hay algo profundamente sencillo en su manera de habitar El Chato. Quizás por eso el restaurante termina pareciéndose tanto a él.

Porque El Chato no solo lleva su cocina.

Lleva también su personalidad.

Y probablemente ahí esté el secreto de por qué este restaurante ocupa hoy el primer lugar de Latin America’s 50 Best Restaurants.

Un restaurante donde Colombia cuenta historias

Hay un detalle que llama la atención incluso antes de sentarse.

El símbolo de El Chato no es un ingrediente sofisticado, ni una copa elegante, ni una ilustración minimalista.

Es una garra de gallina.

Puede parecer absurdo.

Pero precisamente ahí aparece esa mezcla de humor, identidad y realismo mágico que atraviesa buena parte de la cultura colombiana.

Una imagen cotidiana convertida en símbolo.

Un elemento humilde elevado a la categoría de arte.

Algo muy parecido a lo que sucede después en cada plato.

Cuando uno ingresa al restaurante encuentra los reconocimientos internacionales repartidos discretamente por el espacio. No parecen trofeos exhibidos para impresionar. Más bien conviven con la naturalidad de quien entiende que el verdadero protagonista sigue siendo el servicio.

El comedor respira juventud.

La música tiene ritmo.

La cocina permanece completamente abierta.

Y al subir al segundo piso aparece otra dimensión del restaurante: una cava donde conviven grandes vinos del mundo con ingredientes, fermentos y productos colombianos que anticipan la filosofía del menú.

Orígenes: un recorrido por Colombia

El menú degustación Orígenes no pretende demostrar técnica.

La técnica está.

Pero nunca busca protagonismo.

Lo que Álvaro Clavijo intenta contar es Colombia.

Y lo hace a través de ingredientes que para muchos visitantes incluso resultan desconocidos.

Arracacha.

Cubios.

Casabe.

Chontaduro.

Guatila.

Lulo.

Caracol pateburro.

Galanga.

Cada uno aparece explicado cuidadosamente en un pequeño glosario que acompaña el menú al finalizar la experiencia, como una invitación a seguir descubriendo el territorio incluso después de abandonar el restaurante.

Es un gesto simple.

Pero dice mucho sobre la filosofía de El Chato.

Aquí no basta con comer.

Hay que entender qué se está comiendo.

La cocina del detalle

El recorrido comienza con un caldo de cerdo sanpedreño que resume perfectamente esa cocina de memoria que Álvaro ha construido.

Después llegan la delicadeza de la trucha ahumada con arracacha e hinojo, el calamar con macadamia y palmito, el mejillón verde con limón curado, el caracol de mar, la ostra, el cangrejo con chontaduro…

Cada plato aparece acompañado por un maridaje doble.

Por un lado, grandes vinos provenientes de Francia, España, Italia, Chile y Argentina.

Por otro, bebidas sin alcohol construidas con frutas, hierbas y fermentaciones que dialogan con la cocina desde la identidad colombiana.

Guayaba agria.

Tomate de árbol.

Kiwi.

Borojó.

Brevas.

Limonaria.

El mismo nivel de dedicación aparece en ambos caminos.

El plato que explica a Álvaro Clavijo

Hay un momento en que el propio Álvaro se acerca a la mesa.

No lo hace para presentar el menú completo.

Lo hace para hablar un solo plato.

Sus corazones de pollo.

Y eso ya dice mucho.

Podría haber elegido cualquiera de las preparaciones más complejas.

Pero decide detenerse precisamente en una receta construida desde un ingrediente humilde.

Corazones de pollo con papa criolla confitada, suero costeño y verdolaga.

Una preparación profundamente casera que, en manos de Álvaro, alcanza un nivel extraordinario sin perder nunca su esencia.

Es probablemente el plato que mejor resume toda la filosofía de El Chato.

No intenta impresionar.

Intenta emocionar.

Hay algo en esa cremosidad, en la profundidad del guiso y en el equilibrio de sabores que inevitablemente transporta a una cocina familiar.

Uno puede imaginar perfectamente esa preparación naciendo en alguna casa colombiana.

Solo que Álvaro la observa desde otro lugar.

La depura. La entiende. La eleva. Sin quitarle nunca el alma.

Un liderazgo que contagia

Visitamos El Chato durante los días de Carnaval Latino, un encuentro gastronómico donde Álvaro trabaja colaborativamente junto a cocineros de toda la región.

Ahí fue posible observar otra de las características que explican el éxito del restaurante.

Su generosidad. Existe comunidad.

Durante esos días también quedó en evidencia el compromiso solidario del evento, que este año puso parte de su mirada en apoyar a Venezuela – el evento se realizó días después – reuniendo cocineros de distintos países alrededor de una misma mesa.

Quizás por eso tantos jóvenes cocineros latinoamericanos quieren llegar hasta El Chato.

No solo para cocinar.

También para aprender una forma distinta de liderar.

El mejor recuerdo

La experiencia termina como empezó.

Con humanidad.

Para cerrar la experiencia llega un sobre azul con un detalle que refleja el espíritu del restaurante. El menú de El Chato con un sticker de su rostro y el de su comensal.

Una forma lúdica de decir que durante algunas horas ambos compartieron una misma historia.

Después aparece el glosario completo de ingredientes, procesos y técnicas que dieron vida al menú.

Es un recuerdo.

Pero también una declaración de principios.

Porque El Chato entiende que cocinar no consiste solamente en alimentar.

Consiste en preservar un territorio, en contar historias, en cuidar un oficio.

Y quizás ahí esté la verdadera razón por la que hoy es el mejor restaurante de Latinoamérica.

No porque haga platos perfectos.

Sino porque logra que cada persona salga con la sensación de haber conocido un poco más a Colombia.

Y, de paso, a ese «buen chato» llamado Álvaro Clavijo.


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